"El mundo precisa entender que la Amazonia tiene dueño: los brasileños". Lula habla con efectos especiales. Gesticulando, serio, remarcando cada sílaba. Y consigue su objetivo: azuzar de nuevo el fantasma de la internacionalización de la Amazonia. No falla: cuando las críticas ambientales crecen, los políticos brasileños se aferran a la conspiración-roba-Amazonia: el mundo villano queriendo invadir el paraíso verde. El escenario, esta vez, fue la sede del Banco Nacional de Desenvolvimento Económico y Social (BNDES), en Río de Janeiro, el pasado lunes. Y el negrísimo telón de fondo, la llegada de Carlos Minc al Ministerio de Medio Ambiente (tomó posesión ayer). La dimisión de Marina Silva, una reconocida ecologista natural de la Amazonia, todavía planea como sombrío nubarrón en la gestión de Lula.