Seguramente en su noticiero preferido la tragedia nuclear se ha reducido en espacio y tiempo, aunque la amenaza radioactiva no ha menguado y sigue surcando vientos y océanos sin entender de patrias, lenguas y banderas. La radiación aumenta fuera de la zona de exclusión, aparece en alimentos y atraviesa el Pacífico para esconderse en la leche estadounidense… aunque inocuamente según dicen.
Aunque aún es pronto para valorar el impacto total de la crisis nuclear de Japón, algunas de sus consecuencias empiezan a ponerse de manifiesto: Los riesgos de confiar en la energía nuclear se han materializado, de nuevo, en su peor magnitud y han desmontado uno de los grandes mitos de nuestro siglo, el de que la energía nuclear es segura.
Si las barras de combustible nuclear ya utilizado arden debido a la falta de refrigeración, el intenso calor producido va a alzar la radiación hasta altas capas de la atmósfera, esparciéndola a lo largo de todo el planeta. Ese es el peor escenario posible, una pesadilla de nubes de material radioactivo inundando durante meses el planeta con toxinas letales para todo tipo de vida.
Un reactor nuclear produce energía eléctrica limpia y no empeora el calentamiento terrestre, porque no usa combustible fósil alguno (petróleo ni carbón). Tampoco atenta contra los ecosistemas porque no precisa de embalses de agua para turbinas; menos quema madera. ¿Dónde se encuentra el peligro? De un lado se trata de su estructura; cualquier reactor nuclear constituye una auténtica bomba de tiempo. De otro lado, su basura es el segundo peligro. Ha llegado la hora que el grueso de la humanidad haga sentir su voz unánime de protesta e imponga el: No, a las plantas nucleares, contra el audaz orden establecido, donde primero son los negocios.
Han transcurrido doce días desde el pasado 11 de marzo y todavía es imposible comprender la magnitud de la tragedia que está azotando a Japón. El número de historias personales con desenlaces trágicos no tiene fin.
Ecologistas en Acción presenta una Propuesta ecologista de generación eléctrica para 2020 que demuestra que hay solvencia técnica para prescindir en menos de 10 años de todas las centrales nucleares, sin mermar la calidad de vida.
La situación en varias centrales nucleares, en especial en la de Fukushima-1, es muy preocupante. Catorce centrales nucleares situadas en la costa noreste de Honsu, la isla principal de Japón, están cerradas, probablemente muy dañadas todas ellas, como consecuencia del terremoto de ayer, de magnitud 8,9 en la escala de Richter. Las centrales japonesas, un país con requerimientos muy estrictos en cuanto a resistencia a riesgos sísmicos, estaban diseñadas para soportar como máximo terremotos de intensidad 7,5. La fuerza del que asoló ayer Japón es más de 10 veces superior.
El pasado 22 de diciembre, El País publicó los cables confidenciales del Departamento de Estado de EE.UU. obtenidos por Wikileaks sobre la seguridad de las centrales nucleares españolas y los analizó en un extenso artículo. En este se explicaba que el 29 de enero pasado la embajada de EE.UU. en España envió un cable secreto a Washington donde se decía que el Ejecutivo español había endurecido las condiciones de seguridad de las centrales nucleares “consciente de la amenaza que el terrorismo supone para la industria nuclear” y para evitar ”la avalancha de publicidad negativa por accidentes recientes en sus instalaciones nucleares”. Se refiere, entre otros, al robo de uranio enriquecido en la fábrica de ENUSA en Juzbado (Salamanca) en 2007 (asunto, que sepamos, aún no esclarecido; o, de haberse solucionado, no se conoce explicación oficial alguna).
Hoy hace un año que terminó el plazo, de un mes, ofrecido por el Ministerio de Industria para que los municipios españoles que lo desearan se postularan como candidatos a albergar el cementerio nuclear centralizado para los residuos radiactivos de alta actividad, de las centrales nucleares españolas y su centro de experimentación nuclear asociado.
A mediados del siglo XIX, Miquel Biada, un catalán que había hecho fortuna en América, se dio cuenta, mientras viajaba en una diligencia desde Barcelona a Mataró, que ya estaba harto de tardar tres horas en hacer ese trayecto en tan lento e incómodo transporte. Decidió que era hora de dejar atrás ese obsoleto medio de desplazarse y apostar por el tren, mucho más rápido y cómodo. Venía de Cuba, donde en 1837 se inauguró la primera línea de tren española, y pudo disfrutar de la experiencia. En 1840, ya de vuelta en Cataluña, inició sus gestiones para construir la línea de ferrocarril Barcelona-Mataró. En 1848, ésta entró en funcionamiento.