El hallazgo de dioxinas en los piensos y en la carne y los huevos de Alemania ha generado la emergencia sanitaria en la UE, donde en los últimos años se han sucedido alarmas por contaminaciones diversas de la cadena alimentaria. La alarma no es para menos. Las dioxinas se consideran como uno de los peores tóxicos fabricados por el hombre. Son cancerígenas y afectan de forma grave al sistema hormonal. La pregunta es cómo ha podido llegar una sustancia así a las granjas. Y la respuesta de los expertos es que lo hacen porque están en nuestro entorno. Las generamos como residuos de las industrias del cloro, de los pesticidas y de los plásticos. Y las emitimos al quemar residuos. Una vez liberadas, quedan en el ambiente y se incorporan a la cadena alimenticia y a nuestro cuerpo.
Entre las diversas formas de contaminación, existe un amplio grupo que es prácticamente imposible de englobar en una cantidad determinada, pero que tiene la ventaja de que no existe un tratamiento específico, sino que los recaudos que se toman en general sirven para impedir la contaminación de todo el grupo en sí: los Contaminantes Químicos.
Las influencias causadas por una ciudad sobre su entorno y sobre las condiciones de vida de sus habitantes siempre existieron. Pero la enorme expansión de su territorio en los últimos tiempos y la mutación en su comportamiento dieron origen a problemas ambientales, sociales y económicos sin precedentes en dimensión y características. Ya que parece que este modelo de desarrollo ha llevado a transformar estos centros en lugares inhóspitos, donde hay cada vez más contaminación del aire, agua, suelo, más pobreza, menos seguridad, menos naturaleza.
El desastre del golfo de México ha sido y es noticia porque ha afectado las costas de un país rico y poderoso. En cambio, en muchos países empobrecidos ocurren casos de contaminación parecidos desde hace decenios sin merecer la atención de los medios de difusión.
La historia del cáncer de mama, desde el diagnóstico hasta el tratamiento, llama mucho la atención en la prensa. En tan sólo las últimas semanas, leí una historia sobre el desafío de diagnosticar el cáncer de mama en la etapa más temprana y otra historia sobre la recomendación de expertos de que el medicamento Avastin no se utilice en la fase terminal de la enfermedad.
Accidentes nucleares, residuos radiactivos, cambio climático, lluvia ácida, mareas negras...., son las consecuencias del uso de las energías sucias: la energía nuclear y los combustibles fósiles (petróleo, carbón, gas).
Su producción es barata; apenas tres euros son suficientes para provocar dolor y sembrar muerte. Desactivarla, y evitar que siga destruyendo vidas, cuesta 750 euros. Un precio demasiado alto que la comunidad internacional no está dispuesta a pagar para que la población que vivió la guerra de cerca pueda olvidar las bombas de racimo.
Un juzgado ha condenado a Uralita a indemnizar con cuatro millones de euros a medio centenar de vecinos de dos pueblos de Barcelona por los daños generados por la fábrica que la empresa tenía en las cercanías.
Cuando yo era un estudiante, en la década de 1970, el mundo estaba llegando a su fin, o eso me decían los mayores. Decían que la explosión demográfica era imparable, la hambruna en masa inminente, se iniciaba una epidemia de cáncer causado por productos químicos en el medio ambiente, el desierto del Sahara avanzaba una milla por año, volvía la edad del hielo, el petróleo se estaba agotando, la contaminación del aire nos estaba a asfixiando y el invierno nuclear nos iba a rematar. No parecía tener mucho sentido hacer planes de futuro. Me acuerdo de una fantasía que tenía, me iría a las islas Hébridas, cerca de la costa oeste de Escocia, y viviría de la tierra para poder sobrevivir a estos holocaustos, al menos hasta que el cáncer me pillara.