“La pereza de los blancos, enorme en estos climas, hace que los directores de los establecimientos mineros tomen a sueldo a los indios de este género, a quienes llaman caballitos porque se hacen ensillar todas las mañanas, y apoyados en un bastoncillo, con el cuerpo inclinado hacia delante, conducen al amo de un punto a otro de la mina. Los caballitos y cargueros de paso más seguro, igual y dulce son preferidos. ¡Cuán triste es pensar que hay hombres recomendables por cualidades propias de las bestias!”
Su producción es barata; apenas tres euros son suficientes para provocar dolor y sembrar muerte. Desactivarla, y evitar que siga destruyendo vidas, cuesta 750 euros. Un precio demasiado alto que la comunidad internacional no está dispuesta a pagar para que la población que vivió la guerra de cerca pueda olvidar las bombas de racimo.
Un juzgado ha condenado a Uralita a indemnizar con cuatro millones de euros a medio centenar de vecinos de dos pueblos de Barcelona por los daños generados por la fábrica que la empresa tenía en las cercanías.
Cuando yo era un estudiante, en la década de 1970, el mundo estaba llegando a su fin, o eso me decían los mayores. Decían que la explosión demográfica era imparable, la hambruna en masa inminente, se iniciaba una epidemia de cáncer causado por productos químicos en el medio ambiente, el desierto del Sahara avanzaba una milla por año, volvía la edad del hielo, el petróleo se estaba agotando, la contaminación del aire nos estaba a asfixiando y el invierno nuclear nos iba a rematar. No parecía tener mucho sentido hacer planes de futuro. Me acuerdo de una fantasía que tenía, me iría a las islas Hébridas, cerca de la costa oeste de Escocia, y viviría de la tierra para poder sobrevivir a estos holocaustos, al menos hasta que el cáncer me pillara.
“¿Puedes venderme tierra -escribe Guillén-, la profunda / noche de las raíces; dientes / de dinosaurios y la cal / dispersa de lejanos esqueletos? / ¿Puedes venderme selvas ya sepultadas, aves muertas, / peces de piedra, azufre / de los volcanes, mil millones de años / en espiral subiendo? ¿Puedes / venderme tierra, puedes / venderme tierra, puedes?”.
Los finales del siglo diecinueve reaparecen dos siglos después.
“Estamos conscientes del daño que está sufriendo el planeta, pero somos inconscientes al no hacer algo por cambiar”: Michelle Gómez R.
La evaluación más completa del mundo sobre manglares revela drásticas pérdidas para la economía mundial y los medios de sustento, a pesar del positivo incremento en el esfuerzo de restauración.
El ozono es un gas formado por tres átomos de oxígeno O 3 que se encuentra de forma natural en la troposfera y en la estratosfera, desarrollando en cada zona papeles muy distintos. En el caso de la e stratosfera, r egión de la atmósfera situada por encima de la troposfera, aproximadamente entre unos 15 y 50 kilómetros de altura, el ozono se comporta como un filtro protector frente a la radiación ultravioleta solar de longitud de onda inferior a 300 nanómetros . Esta capa se generó hace 1.500 millones de años y permitió la evolución de la vida hasta hoy en día. Actualmente, como todo el mundo sabe, este escudo protector se encuentra seriamente dañado por los efectos de la contaminación procedente principalmente del cloro y bromo contenido en muchos productos de consumo diario.
Hace años que se habla de la captura y almacenamiento de CO2, pero ahora esta opción se encuentra en un momento crucial. Las autoridades europeas y estadounidenses, y la industria, quieren dar un apoyo definitivo a este conjunto de tecnologías de cara a frenar las emisiones.