Tuve la suerte de vivir mi infancia en un mundo en el que todo se reciclaba aun cuando ni siquiera se había inventado esa palabra. En mi casa, todo se aprovechaba y no se tiraba nada. Mis padres crecieron en un mundo en el que no había lugar para los desperdicios. Y así vivieron. “¡Cuánto da la tierra!”, decían. Y a ella estaban unidos de una manera instintiva, pues con ella hicieron las casas y de ella sacaban lo suficiente para vivir conectando con los ciclos sucesivos de vida y muerte de la Naturaleza.