13/09/2011

La cuna del Día de la Tierra

fotoDicen que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, pero hay mujeres que no necesitan resguardarse detrás de ningún hombre para ser grandes. Selma Rubin es una de ellas. Tiene 96 años y vive sola, porque, aunque ha enterrado a dos maridos, a los 15 años decidió que nunca sería madre. Prefería dedicar su vida a salvar el planeta.



Rubin no solo está de forma activa en Facebook, sino también en los consejos de administración de 8 ONG, incluyendo la sección local de Sierra Club, después de haber fundado 44 a lo largo de su vida. (¿Cuánto tiempo me habría llevado embarazarme y cuidar a los hijos como se debe?), argumenta. Todos los años que lleva vividos le han hecho (apreciar profundamente muchas cosas), pero nunca serán suficientes para batallar las muchas injusticias que ve a su alrededor. Por eso necesita seguir viviendo, y no lo haría (en ningún otro lugar que no sea Santa Bárbara, porque tiene la mejor gente del mundo). Entre los que se han establecido en este pueblo colonial de la ruta de las misiones donde veranean las estrellas de Hollywood se encuentra Jean-Michel Cousteau, que lo ha elegido como sede de su Sociedad para el Futuro de los Océanos.

Su secreto para la longevidad, (además de estar en la línea correcta cuando se deciden los genes), es (seguir aprendiendo, escuchando, participando y disfrutando, estar siempre abierta a cosas nuevas), dice. (Suena cursi, pero es que yo no he probado la marihuana. Todavía), puntualizó en su 95 cumpleaños.

Pocos lo saben, pero, cuando se llega a Santa Bárbara desde el norte, la hermosa vista de esta costa que algunos llaman el Mediterráneo californiano forma parte de su legado. Para llegar desde Big Sur a lo que hoy es el Parque Estatal de Gaviota hay que bordear acantilados tan estrechos que a veces solo permiten el tráfico en un solo sentido, mientras las grúas reparan los continuos desprendimientos. Cuando el paisaje se abre al pie de las montañas de Santa Lucía, aparece el castillo de Hearst frente a una amplia playa del Pacífico, ostentoso y solitario como su neurótico propietario.

El pastiche arquitectónico del poderoso magnate de la comunicación que Orson Welles retratase en “Ciudadano Kane”, con su piscina de Neptuno, su templo romano, torres mozárabes y sesenta baños de mármol en los que orinaron desde Charlie Chaplin hasta Winston Churchill, contrasta con la simplicidad del paisaje. Esa que la venerable anciana de Santa Bárbara se empeñó en conservar hace cuarenta años, cuando todavía no existía en el mundo la idea de proteger una costa y mucho menos de convertirla en un parque nacional o estatal.

Mientras le sirven bien los genes, mejor oírlo de su boca. A Rubin la han operado varias veces de la cadera y se apoya en un andador, que le sirve para sentarse en cualquier parte, incluyendo la playa de Arroyo Burro, que los anglosajones prefieren llamar Hendry”s Beach. Al abrir el sillín para desmontarlo aparece un mosaico de pegatinas con eslóganes ecologistas que bien podrían estar en la carpeta de cualquier adolescente. (Pasa a recogerme. Te espero en la puerta), ordena por teléfono. Y ahí está cuando llego con Nancy Black, otra de esas mujeres fuertes y poderosas de Santa Bárbara que han recogido el testigo de las batallas sociales. Aguarda sentada en un banco, con su cadera rota y su andador, acicalada con coquetería y una mente tan lúcida que trastorna a los más jóvenes.

A Rubin no se le escapa nada, es como un radar siempre alerta que escanea los alrededores y escruta con profundidad a esta humilde entrevistadora, que se siente pequeña a su lado. Tiene una memoria prodigiosa, capaz de recordar todos los nombres y apellidos que han pasado por su vida y situarlos con fecha y hora, aunque se remonte a hace medio siglo. Nunca podrá olvidarse de la batalla para salvar el Cañón del Capitán, eje central del tramo de costa virgen más largo que queda en el centro de California.

La más inteligente

Los constructores saben que basta con poner una urbanización en medio para que el desarrollo rellene gradualmente los huecos. En 1970 Jules Berman convenció a las autoridades para que cambiasen el plan urbanístico y le dejaran construir 1.500 casas al norte del Parque Estatal de Gaviota. Rubin, que entonces era contable y tenía 55 años, decidió interponerse en sus planes, junto a una anciana de 79 que Rubin considera (la mujer más inteligente que haya conocido). Es difícil imaginarse a alguien mucho más lúcido que ella, así que lo pone en contexto: Anna Laura Myers fue la primera mujer que obtuvo un máster económico en la Universidad de Stanford. (Tenía una cabeza privilegiada para los números).

Juntas recogieron, casa por casa durante un mes, 12.000 firmas con las que obligaron al condado a someter el cambio urbanístico a referéndum. El constructor, con poderosas conexiones políticas y judiciales, les hizo la vida imposible y casi logra meterlas en la cárcel. La batalla les costó 14 apariciones en los juzgados para evitar 28 años de prisión, pero hoy la costa de Gaviota sigue intacta y la tendencia de proteger la costa es universal.

No es lo único que le debe el planeta. El Día de la Tierra no habría nacido si Rubin y sus amigos de Santa Bárbara Citizens For Environment no lo hubieran inspirado. La campaña ecológica de más éxito en la historia surgió como reacción al primer gran vertido de petróleo que en enero de 1969 cubrió de luto las playas vírgenes de Santa Bárbara. Rubin y sus compañeros llamaron a la prensa y por primera vez el mundo vio horrorizado los efectos del chapapote, con las aves pegajosas estancadas en las playas bañadas de petróleo.

Marc McGinnes, que ahora tiene 70 años, se transformó sin saberlo en el primer abogado medioambiental, recién salido de Berkeley, y fue el encargado de catalizar toda la furia ciudadana contra las petroleras en algo mucho mayor: un movimiento global de respuesta que reclamase los derechos ecológicos de la Tierra. En aquellos turbulentos días de 1970 en que Vietnam era el acicate del activismo estudiantil, el aniversario del primer gran vertido en que se leyó la Declaración de los Derechos Medioambientales fue el ensayo del Día de la Tierra, que tres meses después celebraron 20 millones de personas.

En los años siguientes el abogado que ayudó a confeccionar la legislación medioambiental más revolucionaria del mundo, la California Environmental Quality Act (CEQA), inspiradora de la protección para Doñana, entre otros parques europeos, también estrenó el curso más antiguo de derecho medioambiental.

McGinnes lo cuenta en la misma playa con un brazo en cabestrillo y varias costillas rotas, porque días antes se cayó de una carroza en la que bailaba durante el desfile de verano, con la aparición del actor Jeff Bridges, otro hijo célebre de Santa Bárbara. Estos ecologistas con alma de niño no se rinden al peso de la edad. Lo único que han perdido de forma voluntaria es la esperanza, que es (algo delicado) que los jóvenes necesitan para motivarse. (Yo ahora quiero vivir por encima de los límites de la esperanza. Si me centro en el presente puedo actuar y ser más poderoso. Pero, si tienes esperanzas y la gente no hace lo que esperas, te puedes rendir). Y rendirse es algo que no está en su vocabulario. Todavía.

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Un puñado de hombres y mujeres, entre ellos Selma Rubin, de 96 años, engendró en Santa Bárbara hace cuatro décadas la campaña ecológica de más éxito en la historia

Selma vive sola. Ha enterrado a dos maridos y a los 15 años decidió que nunca sería madre. Ha fundado 44 ONGs a lo largo de su vida.

Marc McGinnes tiene 70 años. Sin saberlo se convirtió en el primer abogado medioambiental salido de Berkeley.




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