La presencia del lobo en Euskadi ha sido constante a lo largo del tiempo, pero su descenso poblacional más acusado fue a finales del siglo XIX. Las áreas montañosas del norte de Castilla y León sirvieron de foco de expansión hacia el País Vasco a finales del s. XX. Las causas de su presencia obedecen a la disminución de la población humana en el medio rural y trajo la recuperación de herbívoros silvestres, tales como corzos y jabalíes.
Las declaraciones efectuadas recientemente en medios de comunicación por Agustín Sarría de la diputación vizcaína, causan indignación y estupor, máxime si vienen de alguien vinculado a un ente publico, a los que se les presupone imparcialidad y una visión del problema amplia y no sectorial. Desde departamentos denominados de medio ambiente nunca se han hecho referencias positivas a lo que esta especie supone para los ecosistemas (el lobo es el único depredador natural de ungulados silvestres, que tantos daños generan en la agricultura, accidentes en carretera, etc.), o para la biodiversidad vasca (sin lugar a dudas la presencia de este emblemático animal la enriquece sobremanera), o incluso como elemento turístico y de valoración de los espacios naturales. También creemos necesaria la formación de periodistas ambientales, para que transmitan informaciones con objetividad e imparcialidad y que se documenten oportunamente acudiendo a especialistas.
Por otra parte, tras los contactos establecidos con la Diputación Alavesa para hablar sobre la "Orden Foral 299/2004 para el control de las poblaciones de lobo", queremos manifestar nuestra indignación ante su actitud ya que no pretenden gestionar la especie, simplemente se quieren eliminar lobos, sin que exista legalmente la exigencia de que los ganaderos adopten mecanismos de prevención (vigilancia, recogida del ganado, pastoreo, etc.) para evitar los ataques a su ganado. Ello implicaría que los damnificados que cumplan esas premisas tuvieran derecho a indemnizaciones. Los gestores deben aclarar públicamente su política respecto al lobo y exigir que se cumplan los requisitos de sostenibilidad ambiental a través de los numerosos programas agroambientales europeos a los que se acogen los ganaderos. El mantenimiento de los mismo lo soporta la ciudadanía que exige compromisos de respeto ambiental, entre los cuales, no figura el exterminio de ninguna especie.
En el control de ejemplares a través de la caza, se debe contemplar cuantos lobos se pueden abatir en función de su población. Resulta indignante que se pretenda adoptar mecanismos de control de lobos tras ataques efectuados por cánidos sin que se empleen métodos de peritaje genéticos para conocer la autoría real de los mismos, y sobre todo, sin exigir a los ganaderos la adopción de mecanismos de prevención de ataques. En Álava, la persecución sobre la especie es notable, habiéndose efectuado 262 batidas en 10 años y siendo el 73,7% de las mismas, en época de veda.
En una sociedad "sostenible", lemas como "lobo en expansión, pastoreo en extinción", conducen a que afirmemos que 6.000 años de pastoreo, 6.000 años con lobo en nuestros montes. ¿Se puede denominar sostenible una ganadería cuyo fin es pedir el exterminio de una especie biológica?. ¿Es lícito en el siglo XXI, con los modelos sostenibles exigidos por Europa, pedir el exterminio de una especie biológica?
La demanda de mayor presión sobre depredadores conflictivos no resuelve la situación, sino que la enquista a largo plazo, como lo demuestra un reciente estudio científico sobre coyotes y la industria ovina en EE.UU. Este trabajo indica que las fluctuaciones en el numero de ovejas son explicado por los costes de producción y los precios de mercado que marcan el declive de las actividades agroganaderas y no el control de depredadores.
En el más completo estudio sobre la especie en Euskadi y su entorno, realizado desarrollando técnicas genéticas de censo en colaboración con una universidad de Suecia, se menciona que la afección lobuna sobre el conjunto del censo ovino es del 0,09% para Vizcaya y del 0,32% para Álava.
Las acusaciones infundadas y sensacionalistas de sindicatos ganaderos alaveses como la UAGA, sobre que se falsean los datos y de "pseudoexpertos", esconden oscuros intereres y la realidad de un sector, envejecido y que clama mas subvenciones para subsistir a costa de la pervivencia de una especie biologica como el lobo, todo ello a espaldas de la sosteniblidad ambiental y de una sociedad avanzada. Lo que si que constituye un hecho llamativo propio de "pseudoexpertos" del que no quieren constatar desde la UAGA es que, según datos oficiales, siempre se conozca la autoría de los ataques (100% de los casos, y en el 95% son lobos sin ningun genero de dudas), cuando en otras zonas, con muchos más lobos, los ataques atribuidos a cánidos sin identificar rondan el 30% (Castilla y León). El empeño por atribuir casi siempre las muertes de reses al lobo, no es objetivo y fomenta una conflictividad mayor en la sociedad al justificar que los lobos son los culpables.
Si en Alava se subvencionan los perros mastines, se incorporan nuevas subvenciones para el cierre y recogida del ganado, se abonan los danos de forma directa (nunca a gusto de los ganaderos) y ademas se quiere el exterminio de los lobos, quizas haya que empezar a adoptar posturas que condicionen la adopcion de mecanismos de prevencion para poder optar a la compensacion directa o directamente anular dichas ayudas si permiten el exterminio de especies biologicas, de lo cual en Europa tomarian buena nota.
La Estrategia Española de Conservación del Lobo, en la que han participado representantes vascos, señala que la presencia de lobos debe evitarse en áreas con elevados daños al ganado, alta conflictividad social, ausencia de presas silvestres y escasos valores naturales. Si una extensión de 500 km2 (el 30% de la superficie propuesta por el Gobierno Vasco para integrar la Red Natura 2000), constituye área de campeo de lobos y las estadísticas anuales de animales de caza mayor abatidos son elevadas (2.000 jabalíes, 400 corzos, 100 ciervos, etc.), resulta evidente que las dos últimas premisas no se dan, por lo que, Euskadi NUNCA debería ser declarada zona de exclusión de lobos. Y todo ello, sin ni que siquiera valoremos conceptos éticos, culturales, históricos, etc.
El lobo es un importante atractivo turístico y económico, lo cual es favorable para la conservación de la especie y su entorno. Testigos mudos de ello, son las diversas trampas "loberas", sin rehabilitar, por la geografía vasca. En EE.UU., parques como Yellowstone y Denali reciben 4 millones de personas y únicamente el turismo relacionado con el lobo, genera un volumen anual de ingresos de más de 70 millones de dólares.
La asunción de que existen más de 2.000 lobos en Iberia y en expansión es pura especulación interesada. Los censos de lobos todo el mundo se desarrollan durante el invierno. El tamaño medio de los grupos en España durante este periodo es de 2,3-5 individuos según el único estudio científico realizado por Fernandez y Barrientos (2002) hasta el momento. Hay 300 grupos en toda la Península; echen cuentas. Los censos considerando que los grupos tienen 8-10 lobos por "decreto", como se hace frecuentemente en España, representan un serio error. Al sur de Duero, la presencia de la especie se ha reducido desde 2001 por la persecución ilegal desmedida, tal y como se pudo constatar en el último congreso internacional de 2005, que aglutinó la información más actual y veraz sobre la especie, al que asistieron un centenar de científicos y expertos de España y Portugal. Se pudo comprobar también como la expansión de los lobos en los 90, es ahora un estancamiento o retroceso significativo en muchas zonas por mortalidad ilegal o encubierta al sur del Duero (donde es una especie protegida por la Directiva Habitats 2000)
En definitiva, es necesario un debate serio alejado de tópicos sobre estas cuestiones (lobo si, lobo no, ganaderia si o no), y una GESTIÓN real de la especie, con mayúsculas, no basada en criterios de control sino en mecanismos de prevencion, y con todo lo que ello debe implicar, como parte del futuro del Lobo en Euskadi, como parte de un legado más natural, que, no olvidemos, es lo que dejaremos a las generaciones futuras.