21/07/2005

Derecho a no ver sufrir

Derecho a no ver sufrirMe escribió el otro día una lectora. Dije que los animales no tenían derechos, pero que lamentaba la crueldad hacia los animales.

El problema no es quién recibe la crueldad sino la crueldad en sí misma. La verdad es que lo esperaba. El otro día me permití opinar sobre la salvajada taurina y la extraña exaltación que significa la carrera de los Sanfermines. A un amigo y colega de profesión que se llama, naturalmente, Javier, se le ocurrió un día publicar sus opiniones y el consistorio pamplonés le declaró persona no grata por sus escritos. O sea, que ya saben los municipios de Pamplona, de Madrid con San Isidro, de Sevilla y su Maestranza y de Roquetes y sus correbous que ahí me tienen como candidato a no grato por el simple hecho de considerar que el maltrato de un animal como espectáculo es un hecho cultural que no nos ennoblece sino que nos envilece.
Pero esperaba que alguien se fijara en la segunda parte de mis argumentos. Y así fue, en este mismo periódico, cuando una amable lectora se interrogaba sobre los motivos que me habían llevado a afirmar que los animales no tienen derechos. Me disgusta y me avergüenza el sufrimiento gratuito y espectacular de los toros a los que se les pincha hasta la muerte, de los gansos a los que se les arranca el cuello y de las focas inmaduras a las que se elimina artesanalmente con bates de béisbol. Pero eso no me preocupa por el toro, el ganso o la foca, sino por la crueldad del hombre que la ejerce. Yo no soy toro, ni ganso, ni foca. Pero podría tender hacia la antropomorfización del sufrimiento de esos animales. En la plaza de toros de Badajoz en 1936 o en el estadio nacional de Chile en 1973 fueron muchos los hombres a los que se sometió a la crueldad del fuerte contra el débil. Cada día mueren de hambre o a golpes miles de niños en todo el mundo.
Todo es demasiado para que me preocupe por el objeto de la tortura y de la muerte. Porque el animal no es un sujeto: es simplemente un objeto al que poder querer, mimar y, cuando conviene, al que podemos sacrificar para comérnoslo. Sólo los vegetarianos pueden defender los derechos de los animales, hasta el día en que encontremos un vestigio de alma en las hojas de una lechuga.
Soy sensible a la vida animal, a mis mascotas y a mis manías. Pero tal como está el mundo no puedo suscribir el papanatismo de unos supuestos derechos que no vienen caídos del cielo. Los defensores de los derechos de los animales se erigen en juez y parte. Somos los hombres los que determinamos qué animales tienen derechos y cuáles no. Seis millones de ratas o más viven y se reproducen bajo las calles de Barcelona. En tanto que son seis millones hay que acabar con ellas. Si sólo fueran seis estarían en Cosmocaixa. El animalismo como ideología es ridículo. Limitémonos a ser hombres y mujeres conscientes de la necesidad de convivir en un mismo mundo con especies distintas sin necesidad de ponernos doctrinales. Mientras miremos con suspicacia a un negro y abracemos a un hámster, mientras demos un bofetón a nuestro hijo y nos manifestemos contra un torero las cosas no se aclararán. El derecho es humano y basta de demagogias. Y el derecho humano quiere decir privar al ser humano de la vergüenza de la crueldad, ya sea contra un toro o contra uno de nuestros semejantes.



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