Un cuento sobre dos convenciones. Un reclamo a la COP9: biodiversidad con la gente y para la gente
Érase una vez … un mundo que enfrentaba graves problemas ambientales y todos los gobiernos se reunieron para hacer algo al respecto. El histórico evento fue llamado Cumbre de la Tierra y tuvo lugar en 1992, en el escenario tropical de Río de Janeiro.
Todo el mundo estaba muy entusiasmado porque los gobiernos se habían comprometido con la idea de un nuevo tipo de desarrollo – que definieron como “sostenible” –, el cual evitaría los impactos negativos sobre el ambiente generados por el modelo de desarrollo que en ese entonces prevalecía.
La gente quedó más esperanzada aún respecto al futuro cuando se les dijo que los gobiernos asegurarían que toda la producción fuera socialmente equitativa y ambientalmente inocua.
Como prueba de la seriedad de los compromisos asumidos por los gobiernos, se acordó la creación de un Convenio para la protección de la diversidad biológica (CDB) y otro para la prevención del cambio climático (identificado como CCC).
Sin embargo, ambas convenciones fueron pronto secuestradas por el ogro presente en casi todos los cuentos. Peor aún, este cuento en particular tuvo una gran cantidad de ogros extremadamente malos que solo querían devorar los recursos de la Tierra. La única “sostenibilidad” que les interesaba era la del flujo de dinero hacia sus bolsillos.
Como todos y todas sabemos, desafortunadamente ésta es una historia verdadera sobre cómo las empresas transnacionales tomaron el control de ambas convenciones. Como resultado de ello, en lugar de proteger la diversidad biológica, el CDB ha generado espacios para el control empresarial de la riqueza biológica terrestre, incluida la manipulación genética de formas de vida. En lugar de trabajar para evitar el cambio climático, la CCC ha colaborado en la creación de un mercado de carbono, inútil en cuanto al clima pero extremadamente rentable para las mismas empresas que lo están destruyendo.
Y esas empresas han sido tan exitosas que, a 16 años de la aprobación de los convenios, la diversidad biológica continúa desapareciendo en bosques, praderas y pantanos, mientras que el cambio climático sigue aumentando. Peor aún, ambas convenciones se han transformado en herramientas útiles para generar ganancias empresariales en industrias como la biotecnología, la agroindustria, la hidroenergía, la energía nuclear y otras, al tiempo que permite que los peores criminales de la biodiversidad y el clima – encabezados por la industria petrolera – continúen con sus negocios como de costumbre.
Así pues, para lograr que ambas convenciones cumplan con su mandato original – conservar la diversidad biológica y prevenir el cambio climático – es necesario eliminar la influencia de quienes secuestraron ambos procesos y generar presión desde la sociedad civil organizada, exigiendo a los gobiernos un cambio de rumbo.
El cuento aún continúa. Ambas convenciones se reunirán este año: el CDB en mayo y la CCC en diciembre. Todavía es posible que haya un final feliz, pero el desenlace dependerá de la capacidad de la sociedad civil para contrarrestar la influencia de las empresas y para incluir las necesidades de los pueblos en las agendas de las convenciones.
Un reclamo a la COP9: biodiversidad con la gente y para la gente
Hoy el mundo –el mundo de la gente– asiste desvalido a una crisis mundial por la súbita alza de los precios de los alimentos, que, como todos los desastres, afecta más gravemente a los sectores más vulnerables, a las economías más dependientes, a los países más empobrecidos.
Se han señalado múltiples factores que coadyuvan a esta crisis: el aumento del precio de los fertilizantes, intensas sequías en regiones claves, aumento de la demanda de países con economías en expansión –como India y China. Y sobre todo, que las tierras agrícolas se destinan cada vez más a la producción de agrocombustibles. En efecto, de la producción mundial de granos, menos de la mitad se destina a consumo humano; la diferencia tiene como destino la alimentación animal y cada vez más la producción de combustible.
La economía global dominante va desmantelando los sistemas alimentarios nacionales y provoca que los cultivos para alimento dejen de estar al servicio de la gente, al igual que la naturaleza toda. En una patética parodia del rey Midas, el predominante modelo neoliberal y globalizante convierte todo lo que toca en mercancía, negocio, especulación y lucro. Para ello ha debido desviar el carácter diverso de la naturaleza, apadrinando todos los tipos de monocultivos posibles: los agrícolas, los forestales, los de la mente. Ha contado con algunas herramientas: el modelo agrícola industrial y exportador de la “Revolución Verde” iniciado en la década de 1960 y la liberalización del comercio vía las “recetas” y políticas impuestas por el Banco Mundial, el FMI, la Organización Mundial de Comercio y últimamente los Tratados Bilaterales de Libre Comercio.
Las esferas tecnocráticas, donde suelen definirse los destinos de la gente, también reproducen el modelo y pierden total contacto con la realidad. Un ejemplo es la FAO, que con su definición de las plantaciones industriales de monocultivos de árboles como “bosques” –la cual es tomada por el Convenio sobre la Diversidad Biológica– ignora por completo el concepto de ecosistema. Las poblaciones locales que han sufrido los impactos de las plantaciones, en cambio, perciben claramente la diferencia que se refleja en las diversas definiciones que les dan en distintas partes del mundo, de acuerdo con la experiencia que han tenido con las mismas.
En un país como Tailandia, donde la agricultura es una actividad de vital importancia para la población campesina, definen al eucalipto como el “árbol egoísta”, porque no solo no permite que se desarrollen cultivos bajo los árboles, sino que además se apropia del agua necesaria para el cultivo de arroz.
En Chile, las grandes plantaciones de pinos fueron instaladas en territorio Mapuche durante la dictadura de Pinochet. No resulta por tanto extraño que se las defina como “milicos plantados”, porque son verdes, están en líneas y ¡avanzan!
En el Valle del Cauca en Colombia, la gente local llama a las plantaciones de pinos los “bosques del silencio”. Ello se debe a que las plantaciones están desprovistas de toda forma de vida más allá de los árboles. El silencio es por tanto total.
En Brasil, la gente denomina “desiertos verdes”a las plantaciones de eucaliptos y lo mismo ocurre en Sudáfrica, tanto con eucaliptos como con pinos. Sin embargo, en este segundo país esta definición ha sido cuestionada con el argumento de que en unos pocos metros cuadrados de desierto ¡hay más vida que en una plantación entera!
Por otro lado, también en Sudáfrica hay gente que prefiere definir a las plantaciones como “cáncer verde”, expresión que refleja el avance incontenible de las plantaciones, que van destruyendo el agua, el suelo, la flora, la fauna y los medios de vida de la gente, eventualmente matando todo … tal como lo hace el cáncer.
En el estado de Sarawak en Malasia, la gente local sostiene que las plantaciones de eucaliptos y palma aceitera son mucho peores que el madereo industrial. El argumento es que las empresas madereras ingresan al bosque, cortan los mejores árboles y se van llevándose la madera. En cambio las empresas plantadoras cortan los mejores árboles, queman el resto, plantan sus árboles y ¡se quedan!
En Ecuador, hay comunidades que, no por casualidad, llaman “eucas” a los eucaliptos. La razón es muy sencilla: “eucaliptos” contiene el diminutivo simpático “ito”, que estos árboles no se merecen por ser tan malvados.
Un último ejemplo, que de alguna manera resume todas las definiciones anteriores, proviene del estado de Espirito Santo en Brasil, donde las plantaciones de eucaliptos fueron definidas como “bosques muertos, que matan todo”.
Toda esas definiciones son reflejo de que bien saben las comunidades rurales lo que significa la biodiversidad, porque ella ha sido sustento de sus formas de vida: desde la diversidad agrícola, atesorada y transmitida milenariamente, hasta los bosques, que han sido otro espacio de soberanía alimentaria para quienes los habitan y dependen de ellos.
Los monocultivos arrasan no solamente con la diversidad de las semillas locales sino también con el conocimiento que las acompaña, la identidad cultural que procreó, la soberanía alimentaria que les aseguró. Los dueños de los monocultivos –crecientemente las grandes trasnacionales del agronegocio– se adueñan de la tierra, las semillas y el destino de los alimentos y la gente.
Pero no les alcanza, quieren profundizar aún más su poder con la manipulación transgénica, para hacer plantaciones de árboles a la medida de sus negocios. Los árboles transgénicos asoman amenazadoramente sus copas verdes desde los tubos de ensayo de poderosos laboratorios emparentados con Universidades famosas y no tanto, y liados a grupos empresariales interesados en las distintas puntas del negocio: biotecnología, industria automotriz, industria de celulosa y papel, industria energética, industria química, por citar algunas. Pretenden hacer monocultivos de árboles transgénicos, ¡y aún así seguir llamándolos bosques!
En este marco, el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB) tiene una gran responsabilidad entre manos: definir si la biodiversidad estará al servicio de las empresas o al servicio de la gente.
La próxima COP 9 deberá resolver varios temas pendientes, entre ellos agrocombustibles, árboles transgénicos y diversidad forestal, en torno a los cuales no ha habido consensos, por lo cual los textos propuestos están llenos de corchetes (*). Parafraseando a Helena Paul, de Econexus ….la biodiversidad misma está entre corchetes.
En árboles transgénicos el CDB tendrá que definir entre moratoria, principio de precaución o ninguna restricción. La propuesta de moratoria fue presentada por algunos delegados ante el CDB en 2006, impulsada por diversas organizaciones sociales. En esa oportunidad se decidió que el CDB produciría un informe sobre “los posibles impactos ambientales, culturales y socioeconómicos de los árboles genéticamente modificados”, el cual presentó en febrero en la 13ª reunión del SBSTTA. En el mismo se señalaba que muchos científicos ponen “énfasis en que debe aplicarse el principio de precaución al considerar el uso de árboles genéticamente modificados”. Pero algunos países tratan de debilitar esa salvaguardia, impulsando otra redacción que la deja entre corchetes.
En agrocombustibles, a pesar de las reconocidas y contundentes evidencias de los impactos ambientales y sociales negativos de su producción en gran escala, el CDB se maneja entre dos aguas, reconociendo los impactos negativos pero hablando de los positivos, y no es categórica en cuanto a oponerse a su expansión a gran escala.
En términos generales, resulta alarmante que el CDB abra sus puertas a las empresas, responsables de modelos productivos, de comercialización y consumo causantes de tanta destrucción y que hoy pueden, impunemente, formar parte de delegaciones nacionales.
Para proteger la biodiversidad, el CDB debería, en cambio, apoyar decididamente a los sistemas de manejo comunitario del bosque y a los sistemas agrícolas tradicionales, que exitosamente la aprovecharon y conservaron.
Tal como se reclama en la carta abierta a la CDB a la que están adhiriendo numerosas organizaciones sociales (http://www.wrm.org.uy/actores/CBD/Carta_abierta_CBD.html), esto excluye la expansión de los monocultivos a gran escala y exige que:
- los monocultivos de árboles sean excluidos de la definición de bosques
- se suprima todo tipo de apoyo político, técnico y financiero a los monocultivos para agrocombustibles debido a su impacto directo en la biodiversidad y la soberanía alimentaria
- se prohíba la liberación de árboles transgénicos y el uso de la tecnología “terminator”
Sólo así se podrá pensar en una biodiversidad para y con la gente.
(*) Los textos sobre los que no hay consenso permanecen entre corchetes para su próxima discusión.










Zona de discusión - Deja su comentario