Somos el problema y también la solución
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Con el probado origen antropogénico de los crecientes impactos ambientales y con la demostrada incapacidad de actuar globalmente, ya podemos esperar que sólo la dolorosa realidad, imponga los cambios que la calidad de nuestro juicio y la soberanía de los Estados, impiden producir a tiempo. Resuenan las reflexiones del Dr. Real Ferrer cuando ensaya sobre la construcción del derecho ambiental, recomendando una “ducha de realidad” a “quien sostenga que llegará el día en que serán mayoría en el Planeta las personas formadas, informadas y altruistas”. Tal momento, dice, “no llegará, entre otras cosas porque ni queda tiempo, ni estamos en el camino para llegar a esa idílica sociedad”.
Somos una sociedad adormecida frente a la disfrazada realidad problemática, embebida de dudas juiciosas que impiden el ritmo decidido que la situación requiere. Después de alargar el tema y esgrimir dudas sesudas por doquier durante 37 años, ya no está más en discusión si tenemos o no entre manos, una antropogénica alteración climática global en progreso acelerado.
Ya todos deben coincidir en que ni con la imposición de drásticas medidas para reducir emisiones, se evitarán una serie de efectos que tendremos que enfrentar sí o sí. Para el 2020, y esto es poco tiempo, entre 75 y 220 millones de africanos , muchos de los cuales aun ni han nacido, sufrirán carencias al punto que deberán ser asistidos para poder sobrevivir con el agua disponible. América Latina, Oriente Medio y Asia también tendrán sus sentidas urgencias, como tal vez todo el primer mundo, pero sin sus recursos e inexcusable responsabilidad.
En la segunda mitad del presente siglo, y mas allá, ciertamente habrán nuevos efectos y mayores magnitudes, tal vez un poco lejanos u horrorosos para ser precisados. La urgente preparación para los efectos que si o si nos impactarán, no debe postergar la imposición en paralelo de una drástica reducción de emisiones, con estrecha vigilancia de la tendencia de efectos a mitigar.
Ya la Corte Suprema Norteamericana ha ordenado el control de emisiones de CO2 en su territorio, dada su probada contribución al efecto invernadero y a los efectos del acelerado cambio climático. Pero los gases invernadero no conocen de fronteras, ya que arrogantemente se pasean globalizando sus efectos. Cuesta entender como así es posible que el argumento de que el emisor venga haciéndolo hace tiempo, o que antes no estaba normado o que dejar de hacerlo es muy costoso, sea suficiente para seguir envenenando el ambiente sin un estricto y acotado programa de reducción drástica.
Es muy posible que los efectos negativos no impacten a los responsables de la emisión, como si a otros y que por coincidencia, podrían ser los más pobres y los que tienen menos recursos económicos y tecnológicos para la adaptación. China, el “ejemplo” de desarrollo, con quien todos queremos estar bien y comerciar, superará este año a Estados Unidos en la emisión total de gases con efecto invernadero. Noticia que se difunde sin resaltar suficiente el que esa emisión a nivel per cápita, sigue siendo muy inferior a la de nuestro vecinos en el hemisferio norte, quienes con sólo el 4.6% de la población del mundo, emiten casi el 30% de los gases con efecto invernadero, con fuentes de emisión que en gran parte están en proceso de mudanza, precisamente de EE.UU. a China, que tiene mano de obra mas barata y regulaciones menos estrictas y/o efectivas.
El camino de adaptación a los efectos del cambio climático, empieza por entender que para una cantidad de aspectos, el daño ya está hecho y que deberemos asumir efectos demasiado pronto. Pero el camino para cambiar la tendencia y aspirar a la recuperación, pasa por aceptar y entender como así nuestras fuentes de energía y nuestros patrones de consumo, no son sostenibles. Como así la equidad impone mejor distribución, antes que crecimiento. Como así el ajuste requerido, sólo es suficiente si es global.
Parece inevitable que en el escenario internacional se consolide una autoridad global en temas de medio ambiente, actualizando los conceptos de autonomía de los Estados. En el escenario nacional, debemos modernizar el Estado cambiando su retrograda verticalidad sectorial y dando pase a una organización matricial que permita definir funciones transectoriales con real capacidad de éxito. El ambiente, la niñez, sierra exportadora o la descentralización, entre otros, podrían tener una posición transectorial, que mejore las posibilidades de tener el éxito que el actual sistema les mezquina.
En sintonía con objetivos que deberían ser globales y de conjunto, en preparación para mitigar los efectos que pronto enfrentaremos, debemos priorizar la sostenibilidad del uso de la tierra y el agua como medio de producción, así mismo, alcanzar nuevos estándares en lo que a cobertura de salud se refiere, pero sobre todo, tenemos que educar en consecuencia. Habrá que desarrollar la educación ambiental en colegios, institutos y universidades, no sólo difundiendo información ecológica, sino sobre todo, transmitiendo suficiente en cada materia y disciplina, el que toda actividad debe ser viable, equitativa y por lo tanto, sostenible.
Sólo jóvenes salidos de un Estado y una línea educativa como la esbozada, estarán mejor dotados para enfrentar los tiempos más duros y liderar la recuperación, mientras que nosotros, con la inevitable vergüenza de haber sido en parte los responsables, fomentaremos lealmente en descargo, la reacción correctiva.










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