Más allá del optimismo: una ecología política budista

Más allá del optimismo: una ecología política budistaResumen del capítulo 13 del libro dedicado a la Política Ecológica Radical

“Ninguna cultura humana tiene el monopolio de la sabiduría ecológica”, Roy Ellen


“La paz entre los hombres debe preceder a la paz con la naturaleza”, Barry Commoner


PARTE IV: LA ALTERNATIVA ECOLÓGICA RADICAL
Capítulo 13: La Política Ecológica Radical


La sociedad ecologicamente estable y armónica, la cual es la meta de los ecologistas radicales ha sido descrita por William Ophuls como sigue:


“Una sociedad estable es esencialmente una sociedad la cual ha alcanzado un balance básico a largo plazo entre las demandas de la población y el ambiente que suple esas demandas. Esta definición lleva implícita la preservación de una biósfera saludable, la cuidadosa administración de los recursos, y una actitud general de pensar en las futuras generaciones. La naturaleza exacta del balance en cualquier momento depende de las capacidades tecnológicas y la elección social, y como las elecciones y las capacidades cambian, el crecimiento orgánico puede suceder”.


En esta parte del Libro se explican una variedad de diferentes tendencias y movimientos relevantes al ideal que Ophuls destaca. Este capítulo es acerca de ideas políticas específicas y movimientos, y destaca los problemas y las oportunidades.



AUTORITARIOS, RENUENTES Y FANÁTICOS
 
Antes de la segunda guerra mundial el ecologismo, o la política ecológica verde oscura, era tipicamente autoritaria y conservadora, aunque de la variedad suave, populista o paternalista. Rechazando el “modernismo” era anti-capitalista, anti-urbana, opuesta a las instituciones grandes y centralizadas de todos los tipos, y buscaba traer de regreso una era rural dorada y romántica. Su nacionalismo populista, sin embargo, tendía a desbordarse hacia el racismo y la pureza étnica. Los valores tradicionales y conservadores serían cultivados (y reforzados) por la auto-suficiencia y el auto-gobierno de las comunidades, arraigadas en las tierras.


Se ha argumentado que los Nazis fueron los primeros ecologistas autoritarios que casi logran el control del Estado. Según un historiador hay poca duda de que “había una cadena de ideas ecológicas entre los Nazis”, expresadas completamente en “los planes ministeriales y archivos personales del tercer Reich”. Evidentemente, sin embargo, este es un fenómeno más alemán que Nazi, puesto que no se encuentra ningún paralelo en los otros movimientos facistas contemporáneos. Cuando reventó la guerra, el ala “dura” del partido Nazi, liderizado por Heydrich y los tecnócratas, tomaron las riendas y pusieron fin a la visión ecológica Nacional Socialista del Tercer Reich.


Después de la guerra hubo un cambio histórico resaltante en las políticas predominantes del ecologismo desde la derecha suave hacia la izquierda suave. Sin embargo, todavía hay pensadores ecologistas importantes en el ala derecha contemporánea.


La teoría política clásica autoritaria del ala derecha asume que el hombre (sic) es por naturaleza auto-centrado, agresivo, desordenado y avaro, hasta el punto de amenazar ahora con destruir el ambiente y de destruirse él mismo. Se requiere de un gobierno fuerte para mantenerlo en orden, para inculcarle hábitos sociales y para sostener una sociedad civil de beneficios generales para sus ciudadanos.


Algunos de los que apoyan la sociedad conservadora, como Garrett Hardin, son autoritarios empedernidos quienes son pesimistas acerca de la practicabilidad de poder hacer que tal sociedad sea democrática y consensual. Siguiendo al teórico político del siglo diecisiete Thomas Hobbes, ellos creen que una sociedad estable debe depender de la “coerción mutua, mutualmente acordada por la mayoría del pueblo afectado”, quienes se unen para hacer un pacto para abandonar libertades individuales tales como la “libertad de procrear”. Similarmente, William Ophuls tiene poca duda que, “cualquiera sea su forma específica, la política de la sociedad sostenible pareciera movernos a lo largo del espectro desde el libertarianismo hacia el autoritarismo”.


Ophuls es evidentemente otro liberal quien, después de ponderar los imperativos políticos de una sociedad conservadora, se avoca fehacientemente hacia un autoritarismo calificado. Él dice optimisticamente que “parece que no hay razón por qué la autoridad no puede ser lo  suficiente fuerte para mantener una sociedad estable y aún así ser una autoridad limitada. Los derechos personales y civiles garantizados en la constitución, por ejemplo, pueden ser ampliamente mantenidos”. En la visión de Ophuls la sociedad conservadora requeriría un cambio de la democracia egalitaria hacia “la competencia política y el status”, evidentemente mediante una clase gobernante paternalística constitucional-mente permitida. Menos controversialmente, Ophuls cree que también será necesario mudarse del individualismo al comunalismo, donde los intereses de la comunidad tomen precedencia sobre los intereses individuales. Esta es una visión que han tomado un amplio espectro de escritores, muchos de los cuales no son autoritarios en ningún sentido. Se debería añadir que Ophuls cree que su ecotopia sería una sociedad diversa y holística cuyas personas serían “relajadas, alegres y contentas, disfrutando la plenitud personal, espiritual, intelectual, estética y cientificamente”. Sin embargo, la experiencia de las sociedades comunistas del siglo XX refuerza el escepticismo acerca de si los gobernantes poderosos de los estados industrialistas permanecerán por mucho tiempo constitucionales, benevolentes o hasta competentes.


En contraste con este autoritarismo verde oscuro hay un tipo de ecologismo más “repugnante” aún, suficientemente pura sangre y fanático para atraer las acusaciones de “eco-facismo”. Está basado comunmente en un ecologismo fundamentalista el cual asume que el orden social debe mostrar las mismas características (alegadas por ellos mismos) del orden de la naturaleza, si es que se espera que esté en armonía con ésta. La visión tanto de la naturaleza como de la sociedad que tienen estos ecologistas autoritarios es neo-Darwiniana. Esto es decir, sus suposiciones acerca de la naturaleza de la sociedad los lleva a una interpetración de la ecología (particularmente al respecto de la primera teoría de la evolución) la cual entonces ellos re-importan, con toda la autoridad del “orden natural de las cosas”, en su pensamiento económico y político.


Para un fundamentalista ecologista como Edward Goldsmith, al seguir el orden natural “los individuos compiten y eventualmente se acomodan ellos mismos constituyendo una jerarquía y aprenden a aceptar sus respectivas condiciones dentro de esta jerarquía”. Ningún bien puede venir de la democracia y la beneficencia porque esto empodera a aquellos quienes no son aptos por naturaleza para ejercer el poder; si fueran aptos, ¡no necesitarían tales ayudas artificiales como la democracia!. Por esto, en la ecotopia de Goldsmith “todos los desempleados deberían automaticamente tener que unirse a las brigadas de restauración, siendo al mismo tiempo eliminados los beneficios y ayudas para los desempleados”. Y aún hay más, ningun bien puede haber en el feminismo tampoco, puesto que crea “un número cada vez mayor de mujeres mal ajustadas quienes son forzadas por su educación y otras presiones sociales a luchar contra sus instintos naturales”.


Tanto para los autoritaristas como para los libertarios, las sociedades pre-industriales son asumidas como proveedoras de un modelo “natural” para el futuro. La ecotopia de Goldsmith consistiría entonces en una población mucho más reducida viviendo en pequeñas familias y unidades comunitarias con mucho trabajo y auto-gobernadas, en las cuales “sólo un cierto número de extranjeros les sería permitido establecerse”.


Aunque los fundamentalistas como Goldsmith afortunadamente -en el presente- no necesitan ser tomados en cuenta seriamente, los escritos ecologistas autoritarios como un todo ofrecen ciertos indicadores y énfasis los cuales los radicales necesitan atender.


Primero, los renuentes autoritarios Hobbesianos como William Ophuls pueden llamar la atención de los ecologistas libertarios para reflejar si algo de su lastre ideológico historicamente heredado del individualismo libertario podría en verdad ser apropiado para una sociedad conservacionista.


Segundo, El ecologismo de izquierda suave se desliza facilmente a la versión de la derecha suave. Para alcanzar sus metas radicales, hasta los movimientos de las bases dedicados al futuro, democráticos y descentralizados, pueden producir elites populistas, lava-cerebros, incapaces de resistir atajos al poder.


Tercero, alguna forma de autoritarianismo en el presente parace la mejor respuesta a la severa crisis ambiental. A menos que la gente esté bien preparada, confidente y unida, correrán atropelladamente a los botes salvavidas tan pronto se den cuenta que nuestra civilización realmente se está cayendo a pedazos. Un gobierno fuerte será invocado, así sea en nombre de la justicia o del privilegio.


Y finalmente, también hay en la tradición autoritaria un conservatismo el cual ofrece un antídoto efectivo para aquellos quienes son adictos a ecotopias (casi) instantáneas. Los fundadores del conservatismo como Edward Burke, observando el desenvolvimiento de la revolución francesa, nos han recordado que las sociedades humanas son más complejas y más arraigadas en su evolución histórica de lo que ha sido supuesto por libertarios románticos como Tom Paine. Los intentos para una reconstrucción racional desde principios básicos comunmente colapsa en la tiranía y el desorden (Tan evidente en la década de 1990s como en la de 1790s).



“HUBO GLORIA EN AQUEL AMANECER…”
LOS ORIGENES LIBERTARIOS DEL ECOLOGISMO RADICAL

 
La tradición política libertaria es el polo opuesto de la autoritaria. El interés básico de la política libertaria no es el mantenimiento del orden, sino la liberación de la represión. Para el autoritario, el pecado original (o su variante secular) es redimido por la disciplina de instituciones sociales bien reguladas. Para el libertario, la bondad básica está torcida y corrupta por esas mismas instituciones. Si ellos pudieran ser liberados de las estructuras sociales represivas, los hombres y mujeres estarían capacitados para crear una sociedad cuyos miembros naturalmente se comportarían de manera pacífica, con espíritu público y cooperativo.


Aunque tienen antecedentes en algunas de las sectas radicales reformistas, el libertarianismo se originó esencialmente en el iluminismo del siglo dieciocho y en la revolución francesa y la independencia de los EE.UU. Esta era la expresión política de un movimiento romántico más amplio del cual hay mucho que puede ser trazado hasta la cultura new age del presente. (El romanticismo pone los sentimientos por encima del intelecto, reverencia la naturaleza, exalta lo femenino, le atrae el misticismo -aunque sólo en sus propios términos- y cree en la bondad innata de la humanidad). Entre los libertarios fundadores encontramos a Rousseau, Thomas Paine, William Godwin, Mary Wollstonecraft, y Thomas Jefferson.


La visión Jeffersoniana era de unos EE.UU. de pequeños granjeros, artesanos y mercaderes en una confederación de comunidades auto-gobernadas. Este horizonte de espíritu público, confiado en sí mismo, ha continuado floreciendo en la cultura y vida pública de los Estados Unidos e inspira ahora al movimiento ecologista de ese país. Excepto donde se conecta con corrientes  especificamente socialistas, el libertarianismo ha tendido a preferir sistemas económicos mixtos, mezclando la propiedad comunitaria, la propiedad cooperativa y la propiedad privada, previendo siempre que los retos sean a pequeña escala humana y que no divorcie la propiedad del compromiso personal.


En el siglo diecinueve y a principios del siglo veinte el libertarianismo se desarrolló como una corriente intelectual y política rica y diversa de profecías y protestas, como en el anarquismo de Kropotkin y, más tarde, de Alex Comfort, Paul Goodman y Murray Bookchin. En Inglaterra floreció en las décadas anteriores a la primera guerra mundial, en los primeros días románticos del socialismo, en el Movimiento Artes y Obras y en las “Noticias de Ninguna Parte” de William Morris. El término “post-industrial” se originó con Arthur Penty, un socialista gremial inglés y seguidor de Morris y Ruskin -todos creyentes de una sociedad descentralizada, artesanal y rural.


Para todo tipo de libertarios -anarco sindicalistas, místicos, amantes de la naturaleza, feministas, pacifistas, estéticos- el advenimiento de la crisis ecológica es la vindicación final de su condenación al industrialismo avaro y alienante, en sí mismo la culminación de una larga tradición histórica de opresión externa y represión interior. Y así la antigua utopía libertaria se convierte en ecotopia, fundamentada, en palabras de Murray Bookchin, en  “las tendencias cooperativas y reafirmantes de la vida que existen en la naturaleza humana, criadas gracias a la interacción con una comunidad ética apropiada la cual es participativa y ricamente diferenciada en los estímulos, formas y elecciones que crea para lograr la autoformación personal”.


La diversidad mutuamente balanceada de los ecosistemas mismos es visto como una validación de la visión de ecotopia. Desde afuera de su propia tradición histórica, los “ecologistas sociales” vieron la naturaleza y encontraron lo opuesto que los neo-darwinianos. Entonces Bookchin da la bienvenida a “los atributos mutualísticos enfatizados por un creciente número de ecologistas -una imagen creada por Peter Kropotkin … La diversidad de ecosistemas, entonces, se parece a la diversidad social, basada en pequeñas comunidades descentralizadas”.


De la tradición libertaria se ha formado una ideología ecologista profética y visionaria, inculcada en un público cada vez más resistente a un ritmo de muchos libros por año. Mi interés en este libro es quitarle a esta tradición ecologista libertaria su ideología y su romanticismo, hacerla más servicial, y subrayar las posibilidades de hacer lo mejor que podamos con las cosas como están, incluyendo la clase de gente que tendemos a ser.


Para comenzar, sería útil ver más de cerca la idealización libertaria de la naturaleza humana. Es esta idealización lo que los lleva a creer que, libres de estructuras sociales opresoras, trabajaremos juntos naturalmente para respetar los intereses de los demás. Esta creencia es la pega que mantiene unida la visión de la ecotopia.


La idealización ecológica de la naturaleza humana se remonta a la idea romántica del siglo dieciocho del “salvaje noble”, así sean cazadores-recolectores paleolíticos o los pueblos originarios que estudia la antropología social contemporánea. Se asume invariablemente que ellos viven en armonía con la naturaleza y unos con otros. y, como siempre en las ideologías, la evidencia es selectiva y rapidamente asume la validez universal y el poder absoluto de los mitos. Estas medias verdades encuentran poco soporte hasta en los antropólogos más simpáticos. En sus duras críticas del “ecologismo primitivista” Roy Ellen, quien “apoya ampliamente el programa ecologista de acción política”, martilla hasta el fondo el punto de que “ninguna cultura humana tiene el monopolio de la sabiduría ecológica”.


Es verdad que las culturas de cazadores-recolectores las cuales ocupan casi el 99 porciento de la historia humana, junto con los sobrevivientes en el presente, demuestran ejemplos sobresalientes de una unidad armoniosa y sostenible con la naturaleza, gracias a las poblaciones pequeñas, al aislamiento y a un rango de estrategias de subsistencia (incluyendo el infanticidio extensivo). No es menos cierto que, particularmente en tiempos en que crece la población, hasta los cazadores-recolectores han inflingido gran daño al ambiente. Los primeros humanos en llegar a Norte América, por ejemplo, dejaron un camino de destrucción detrás de ellos, llevando a dos tercios de los grandes mamíferos a la extinción. En Europa, Ellen observa que “hay evidencia que la megafauna del pleistoceno se extinguió completamente gracias a la caza excesiva, y los bosques templados de Europa fueron diezmados por los primeros granjeros que vivían en poblaciones de baja densidad en sociedades no estratificadas usando tecnologías simples. Hoy en día, si nos encontraramos cara a cara con tales pueblos los veríamos como el epítome mismo de los primitivos viviendo con la naturaleza”.


Acerca de la calidad de pacíficos de los pueblos aborígenes, la evidencia está aquí parcializada por las suposiciones de la mayoría de los antropólogos que dicen que son inherentemente agresivos, y por la polarización determinística exhibida en la literatura académica sobre esta cuestión. Sin embargo, hasta los investigadores simpáticos pueden encontrar pocos ejemplos comparativos de pueblos indisputablemente pacíficos, como los Inuit (esquimales), los indios Pueblo, los aborígenes de Tahití, los !Kung y el Pueblo de los Arbustos del Kalahari. Y hasta en estas culturas se consiguen altos niveles de violencia personal. Un antropólogo exhasperado exclama que “la demanda a menudo repetida que los cazadores y recolectores son en general más pacíficos que las personas en niveles culturales superiores es ciertamente falsa, y tan obviamente falsa que uno se pregunta cómo esta idea puede sobrevivir tan obstinadamente enfrente de la aplastante abundancia de hechos conocidos”.


En pocas palabras, hasta con la evidencia de los antropólogos simpáticos, que esos pueblos aborígenes pasados y presentes invariablemente viven en armonía con la naturaleza y entre ellos mismos simplemente no es totalmente verdad.


Más allá de este rechazo de la idealización libertaria de la naturaleza humana, será evidente que el presente libro está basado en una creencia de lo que Matthew Fox llama “la bendición original”, o nuestra “naturaleza original”, o “la naturaleza de buda”, o como sea que se la llame, y no en ninguna versión del pecado original. Cada uno de nosotros nace, sin embargo, con una crisis de identidad, y todas nuestras aflicciones se originan esencialmente  en la inabildad habitual humana de aceptar con sencillez esa identidad con completa conciencia y en una necesidad de establecerla y confirmarla de manera que acabe con el sufrimiento de uno mismo y de los demás.


Hemos visto antes como esta condición personal está histórica y socialmente compuesta y supercargada. Pero el diagnóstico budista se une aquí sólo marginalmente con el de los libertarios para quienes el problema no es más que el de un ambiente social opresivo. El argumento de este libro es que necesitaremos empezar a empujar la evolución de la conciencia humana misma más allá de su alto nivel de ego para construir, desde ahora, la cultura ecológica radicalmente diferente de mutualidad de la cual dependerá la economía estable. Pero para este fin también necesitaremos desarrollar instituciones y estructuras que provean seguridad, cohesión, restricción y responsabilidad, así como libertad y empoderamiento.



DE ROJO A VERDE: ¿PARTE DEL PROBLEMA O PARTE DE LA SOLUCIÓN?
 
Encallados en la marea baja de la historia, los socialistas de izquierda se han visto asociándose a los nuevos “movimientos sociales” -la paz, los afrodecendientes, las feministas, y ahora los movimientos ecológicos, buscando radicalizarse y de alguna manera trazar lo que ellos ven como el proyecto socialista abovedado histórico. En la mayoría de los casos su respuesta a la crisis ecológica, desde el liderazgo de sindicatos hasta la izquierda más dura y extrema, ha sido de carácter ambientalista y oportunístico, simplemente tratando algunos intereses ambientales en las políticas existentes. Sin embargo, algunos socialistas han sido fuertemente atraídos por el movimiento ecológico radical y están interesados en desarrollar un dialogo constructivo. En la década de los 1990s se estableció una red Roja-Verde de individuos y pequeños grupos.


Raymond Williams ha declarado su creencia que “el único tipo de socialismo que tiene hoy en día algún chance de establecerse en las sociedades industriales democráticas, es uno basado principalmente en nuevos tipos de instituciones comunitarias, cooperativas y colectivas … Es este en verdad el único camino que le falta por recorrer a los socialistas en estos países”. Esta creencia es compartida evidentemente por los socialistas más radicales que buscan liberarse del descrédito de la tradición del estado corporativo socialista, así sea el de Herbert Morrison o el de Joseph Stalin. Tanto estos nuevos socialistas como los ecologistas parecen tener una visión ampliamente similar de lo que sería una buena sociedad.


Sin embargo, hay algunas diferencias significativas. Siguiendo la tradición Marxista, los socialistas radicales le atribuyen la crisis ecológica (y la mayoría de los males sociales) a la obra del capitalismo y ven los procesos sociales principalmente en términos de clases y luchas de clases. Los ecologistas han tomado la visión post-industrial no menos simplística que el capitalismo y las clases sociales ya no importan. Todo lo que realmente importa ahora es qué tan ecológico o anti-ecológico eres. Para ellos la ecología llegará a la sociedad no a través de la conquista del poder por ciertas secciones de la sociedad, sino que la sociedad ecologica se alcanzará por cambios en los estilos de vida, el desarrollo de instituciones e iniciativas alternativas las cuales sobrepasarán el viejo orden y lo harán irrelevante, y la creación de un clima cultural y social que tornará ecológicos a los anti-ecológicos sin mucho dolor, con todo el proceso rematado legislativamente.


Más importante todavía son las diferencias en los estilos y mentalidades políticas. Petra Kelly explica:


“Los conflictos que han experimentado los ecologistas alemanes tienen mucho que ver con intereses encontrados entre aquellos que vienen de una perspectiva política dogmática, vieja, izquierdosa que comparte tantas visiones anticapitalistas, y aquellos que vienen de una perspectiva holística New Age … El encontronazo de intereses a menudo no es tanto  hacia donde apuntan, el fin buscado, sino más bien en cómo llegar hasta allá y cuáles estrategias debemos seguir para llegar a nuestra meta común”.


Hay socialistas de izquierda extrema para quienes el fenómeno de los ecologistas es tan sólo un nuevo terreno operacional, como el feminismo o los movimientos de los países más pobres, para ser incorporados en su visión mundial ideológica, y también significa otro gran número de votantes para ser sumados al movimiento socialista. Ellos han desarrollado un fino arte de la lucha de facciones y la “inserción” en otros movimientos, y su polémico estilo abrasivo, dogmático y peculiarmente árido puede hacer difícil el diálogo.


Sin embargo, el socialismo hace preguntas importantes que necesitan ser respondidas acerca de la sociedad futura como está pensada en los manifiestos ecologistas radicales. ¿Qué tipo de sistema político podría balancear mejor la justicia social y ambiental y la igualdad contra la gran autonomía local que tanto celebran dichos manifiestos? ¿Qué tipo de economía podría ofrecer la flexibilidad y correspondencia del capitalismo de libre mercado sin su explotación social y económica y sin su expansividad inherente? ¿Qué formas de propiedad pública son posibles que sean socialmente responsables pero economicamente eficientes? En pocas palabras, ¿Cómo se podrá hacer que el poder político y económico sea social y ecologicamente responsable? Sobre estas y otras preguntas relevantes a la credibilidad de ecotopia existen escritos socialistas importantes que consiguen pocas contrapartes en el movimiento ecologista radical, en donde pasan mayormente desatendidas.


Una presencia socialista también hace más difícil reducir los problemas del mundo a la ecología. Los socialistas tienen un interés renovado en el viejo problema de la explotación económica la cual florece hoy en día más gorda que nunca. Barry Commoner dice:


“Cuando un problema ambiental se persigue hasta sus orígenes, se revela una verdad inescapable -que la causa principal de la crisis no se consigue en cómo el ser humano  interactúa con la naturaleza, sino en cómo el ser humano interactúa con los otros humanos- por esto, para resolver la crisis ambiental debemos también resolver los problemas de la pobreza, la injusticia racial y la guerra; por eso la deuda con la naturaleza, que es la medida de la crisis ambiental, no puede ser pagada persona a persona, con botellas recicladas o hábitos personales ecológicos, sino con la antigua moneda de la justicia social; por eso, en suma, la paz entre los hombres debe preceder a la paz con la naturaleza”.



Traducción del libro:
MÁS ALLÁ DEL OPTIMISMO, Una Ecología Política Budista
Escrito por KEN JONES en Inglaterra
Traducido por TRÁSTOR en la Gran Sabana


Ken Jones ha sido un activista social de algún tipo u otro durante toda su vida. Un practicante del budismo desde hace 14 años, él es fundador de “La Red de Budistas Comprometidos”, y es militante del partido político ecológico de Gales. Su libro pionero, “La Cara Social del Budismo”, fue publicado por Wisdom Books en Inglaterra y los EE.UU. en 1989.

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