La cultura Repsol mata

La cultura Repsol mata

Julián se ha comprado un auto nuevo. Tiene 22 años y vive con sus padres. Ha decidido gastar el dinero que gana trabajando en un deportivo de 100 caballos. Cuando circula por la autopista se siente el rey. El no se lo imagina, pero si su coche fuese una carroza necesitaría 100 caballos a galope para mantener esa velocidad. Es más de lo que ningún emperador tuvo en la historia.


Las calles de la ciudad se nos presentan como una especie de guerra continúa donde se ejerce el poder del más grande y más veloz sobre los más pequeños y lentos. Colectivos contra automóviles, taxis contra colectivos, todos contra bicis, patinetas, patines, personas. Los accidentes diarios demuestran que a cada cual le molesta la libre circulación de la otra persona y que desearía arrasar con todo lo que se le aparece en el camino cual si fuese propio.


Esa imposibilidad de compartir espacios y la relación de violencia urbana donde sólo nos comunicamos a través de la bocina o el insulto, es generada por un ritmo impuesto por el mercado, que ejerce su dominio convirtiendo el tiempo en dinero, las personas en rivales, los espacios públicos en espacios cercados, las calles en meros lugares por donde circulan mercancías. Así, no importa lo que contaminamos, ensuciamos, destruímos o nos llevamos por delante, porque el único espacio que habitamos es el que compramos y las ganas de compartir nos fueron suplantadas por la necesidad de consumir.


Imagine el sistema económico mundial como una mesa de madera, las patas de la cual son las energías que lo sostienen. El gas natural y el petróleo serían 3 de las 4 patas que tiene la mesa. Si quitamos estas 3 patas la mesa caería, que es lo mismo que le pasaría al sistema económico mundial si faltasen el petróleo y el gas.

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