Carta de la Madre Tierra a sus hijos
Al principio fue el verbo, y el verbo era uno y el verbo era Dios; luego todo fue luz, explosión primigenia y vital…
Al principio fue el verbo, y el verbo era uno y el verbo era Dios; luego todo fue luz, explosión primigenia y vital, caos placentario, alumbramiento cósmico en donde todo comenzó, y entre la oscuridad y el tiempo fui formándome, fui acumulando calor para dar calor, fui acumulando alimento para poder sustentar la vida, ¡y di vida!, y como toda Madre, desde el inicio protegí a mis hijos. Con delgadísimos hilos de ozono y agujas hechas de brisa y de luz, en el cielo, con amor, tejí una capa para cubrir y proteger a mis hijos; hoy esta capa se está rompiendo y, pese a mis esfuerzos, no logro remendarla.
Tardé milenios en construir la cuna de madera y lino en que los arrullé. Con infinito amor insuflé desde mis entrañas el aliento vital en el rostro de cada ser, pero hoy siento mis pulmones destrozados, mi aliento fétido por elementos y sustancias extrañas, por venenos ajenos a mi ser. Mi piel, que en un principio fue verde y olorosa, brillante y llena de rocío, hoy está cada día más seca y agrietada, marchita e intoxicada, estéril para la vida y para la esperanza.
Los ríos son las venas por donde fluye el agua, ese mágico y divino elemento en el que nació y se sustenta la vida. Los seres humanos, mis hijos, secan, obstruyen y envenenan las arterias por donde corre mi existencia que también es la suya; al secar y envenenar mis venas provocan que la gangrena del desierto avance por mi organismo, matándome inexorablemente y también condenando a la muerte a toda forma de existencia.
Los mares y lagos son mis ojos. Al principio tuve los ojos hermosos, de un azul que se confundía con el azul del firmamento; hoy, poco a poco me voy quedando ciega; viscosas natas de aceite y desechos se acumulan en mis pupilas impidiéndome mirar hacia el infinito.
No existe para una madre mayor alegría que los cantos y las risas de sus hijos, de todos sus hijos, pero cada día que pasa desaparecen muchos de ellos, desaparecen para siempre; me he ido quedando sola con mis hijos humanos, pero extraño a los que ya no están, lloro por los que pronto se irán, extinguidos, desaparecidos, muertos.
No hace tanto tiempo, cuando los seres humanos aún mantenían para conmigo relaciones de amor y de respeto, me llamaban Gaia los antiguos europeos, Pachamama en los fríos altiplanos de Suramérica, Tekohá en las selvas guaraníes, Coatlicue en mesoamérica, todos nombres hermosos que denotaban amor; se festejaba en mí y conmigo el agua y el sol, la siembra y la cosecha, la fertilidad y la vida, y yo respondía como lo hacen todas las madres, dando lo mejor de mi para mis hijos.
De mis pezones de roca hice brotar agua de manantial para su sed, de mi vientre entregué, año tras año, las cosechas para alimentarlos; con agua de rocío regué los campos y con el cálido viento de mayo elevé sus cantos y sus risas hasta el cielo.
Pero hoy veo a algunos de mis hijos, los hombres, matándose unos a otros por poseerme y dominarme, y no logro transmitirles que soy de todos, que a todos pertenezco por igual, que una madre siempre querrá a todos sus hijos sin distinción, que es necio y criminal el hacer la guerra a sus hermanos para convertirse en los únicos herederos de los bienes que yo creé para todos, y que si por algún extraño designio lo llegaran a conseguir, yo preferiría sucumbir con la mayoría de mis hijos, los desheredados, los que sobreviven en la miseria, antes que pertenecerle a un solo grupo de ellos.
Los seres humanos son mis hijos y, por ello, me desgarra contemplar cómo en nombre de una idea, de un símbolo metafísico llamado dinero han venido derramando la sangre y la savia de sus hermanos los árboles y los animales.
Tengo miedo. Temo por mis hijos, por todos mis hijos. Temo que el poder que algunos han obtenido no los deje entender que toda forma de vida es sagrada. El espacio por donde me deslizo es solitario, frío y yermo; en antaño sin embargo nunca me sentí sola, siempre sentí el calor y la compañía de mis hijos. Pero hoy, los hombres están cada vez más distantes de sí mismos, de sus hermanos y de mí; cada día el individualismo envuelve con su fría indiferencia la existencia de los hombres abriendo espacios para la soledad y el olvido.
Hoy, como en ningún otro momento de mi existencia, me siento sola y enferma.
Tengo miedo.
Pero quizás, a pesar de todo… aún exista esperanza. Aún existe la alegría de los niños frente a la primera llovizna de primavera.
Existe esperanza cuando el ser humano puede sentir emoción, amor y respeto frente a sus hermanos. Existe esperanza cuando la solidaridad de los hombres hace frente a la destrucción y a la muerte. Aún existe esperanza porque veo a muchos de mis hijos luchar por salvar la vida de sus hermanos y mi existencia que también es la suya…
Existe esperanza cuando escucho a una pequeña niña decir:
Dios te salve Madre Tierra
Llena eres de vida
Todos estamos contigo
Bendita eres entre todos los planetas
Y bendita es toda vida en ti
Madre Tierra hija del espacio
Ruega por nosotros tus hijos
Ahora, por siempre y para siempre
Amén










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