¿Para qué un ministro de Medio Ambiente?
Muchos saludamos con alborozo la idea del primer Gobierno Aznar de crear un Ministerio de Medio Ambiente…
No es que se precisasen demasiado sus competencias, ni que se le diese voz y presupuesto frente a su vecino y enemigo el Ministerio de Fomento, o ahora frente al de la Vivienda, que también tendría conexiones (o más bien controversias) con las medioambientales. Ahora, este alborozo se ha trocado en auténtico escepticismo: nadie sabe, nadie parece saber, para qué diablos sirve el Ministerio de Medio Ambiente, casi diez años después de su creación. ¿Una simple figura demagógica, para hacer pensar a incautos y extranjeros visitantes ocasionales que nos preocupa la limpieza de nuestros campos, de nuestras costas, de nuestros ríos, el Protocolo de Kioto y el justo reparto de las aguas escasas?
Así parece. Medio Ambiente se ha quedado en estamento inoperante, incapaz de atajar la guerra de las aguas entre comunidades autónomas -cuestión peligrosísima-, mero propagandista o atacante, según las épocas, del plan hidrológico. En diez años, ni ha despertado la escasísima conciencia medioambiental de los españoles -véanse los campos tras el paso voraz de los domingueros-, ni ha sido capaz de llegar a una conclusión definitiva sobre desaladoras y trasvases, ni ha mejorado la calidad de nuestras costas, ya casi por completo de hormigón, ni ha peleado contra la voracidad del ladrillo. Ni, por supuesto, ha sido capaz de elaborar un plan eficaz de prevención de los incendios. Y en este último capítulo, la falta de competencias, de alcance, de visión y de reflejos de este departamento, que ni siquiera sabe venderse a sí mismo, ha sido alarmante.
Para tener un Ministerio de Medio Ambiente en el que nadie puede confiar es mejor no tenerlo. Suprimir este capítulo presupuestario y dedicarlo, simple y llanamente, a campañas de concienciación de nuestra endurecida ciudadanía para que todos cooperemos a salvar lo que nos queda, que empieza a no ser mucho. Si de veras creyésemos en la necesidad de preservar nuestras riquezas naturales, habríamos dotado a este infraministerio de competencias de supradepartamento, como Fomento o hasta Vivienda (que es la niña bonita del presidente Zapatero, por sus réditos electorales, a pesar de las escasas competencias que le quedan). Pero no es verdad: nuestros gobernantes, a los que todos culpan cuando se produce una catástrofe, seguramente con buena parte de razón, tienen la misma conciencia medioambiental que la ciudadanía de la que un día procedieron: ninguna.
Y así, ¿de qué nos extrañamos, si somos los primeros a la hora de la barbacoa o la paella dominguera, de tirar papeles y todo tipo de residuos en parajes que otros querrían disfrutar, de polucionar nuestro litoral o de no exigir una mejor planificación urbanística? Aquí, los alegatos ecologistas -algunos bien estúpidos, por cierto, pero la mayor parte más que motivados- caen en el secarral, tierra yerma que impide e impedirá que fructifiquen. Y así, entre todos, estamos dejando un mundo mucho peor a nuestros hijos. Y, por favor, no culpemos tan sólo a la ministra de Medio Ambiente, la pobre.










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