Dos efemérides para relacionar: días mundiales de la Conservación del Suelo y de la Población


Dos efemérides para relacionar: días mundiales de la Conservación del Suelo y de la PoblaciónLa primera de estas celebraciones fue establecida en 1963, ya que el 7 de Julio de 1960, moría el Dr. Hugh Hammond Bennet, considerado “padre de la conservación del suelo” y jefe del Servicio de Erosión de Suelos de EE.UU.

El objetivo de la misma respondía a la necesidad de generar conciencia sobre la importancia de los suelos, evitando su degradación creciente a través de usos insustentables, que potencian los efectos negativos de los procesos naturales.
La segunda, obedece al hecho que el 11 de Julio de 1987, la Tierra llegó a los 5.000 millones de habitantes. A los fines de alertar sobre el problema de la explosión demográfica y la superpoblación planetaria, el Programa de la Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) institucionalizó este día, en 1989.
Hoy superamos los 6.000 millones de personas y según estimaciones de la ONU, la Tierra podría llegar en el 2019 a los 8.000 millones de personas.
 Desde el origen del hombre hasta 1945 se sucedieron “más de diez mil generaciones para llegar a los 2 mil millones de personas”(1). Menos de 60 años después, crecimos más de 4.000 millones.
Superpoblación y deterioro de suelos son dos condicionantes de nuestro futuro, con una misma consecuencia: insuficiencia alimentaria y agotamiento de recursos.
El crecimiento demográfico, el consumo irracional y la falta de equidad, produjeron un cambio en la relación del hombre con el entorno, aumentando exponencialmente nuestra capacidad de alterar, socavar y mover los suelos en busca de recursos para la subsistencia y el pago de deudas eternas en el caso de los países empobrecidas.
Estos pueblos, frente a la presión de los intereses de deudas injustas, amplían las fronteras agrícolas con monocultivos de rápida salida, agravando la crisis y haciendo realidad lo dicho por Robert McNamara: es “como si los enfermos donaran sangre a los sanos”.
En nuestro país podemos mencionar dos ejemplos negativos que están dejando huellas profundas en el entorno; la producción sojera y la extracción de oro a cielo abierto, consideradas ambas, actividad minera y equiparadas en cuanto a la degradación del suelo.
El aumento incontrolado de la población y las necesidades en expansión, inciden en la sanidad de los suelos, provocando su deterioro, haciendo difícil atender la mayor demanda de alimentos, amenazando la calidad de vida y subsistencia a millones de personas.
Estas presiones están excediendo la capacidad de carga de los ecosistemas, llevándolos a su paulatino agotamiento y desaparición.
“El suelo, igual que el ambiente es un sistema de relaciones de equilibrio, sistema muy complejo (físico, químico, biológico, sociocultural) de una gran sensibilidad a la variación de uno solo de sus factores constitutivos, lo cual produce reacciones en cadena, en especial a propósito de las intervenciones perturbadoras del hombre”.(2) Sobreexplotación por técnicas industriales, monocultivos, riego artificial,  incorporación de pesticidas y fertilizantes para incrementar los rindes, provocan tierras agotadas, salinizadas y avance del desierto. A ello, sumemos la tala indiscriminada de bosques naturales, que disminuyen la protección forestal, permitiendo que el viento y las lluvias arrastren la capa humífera superficial, que lleva cientos de años en regenerarse.
En Argentina; “el 75% del territorio nacional está sujeto a procesos erosivos causados por las actividades agroganaderas y forestales”. (3)
A nivel planeta, según el Informe GEO 2000, de las 1.500 millones de hectáreas de tierras cultivables del Planeta, 40% de ellas se encuentran deterioradas y cada año entre 5 y 12 millones de hectáreas sufren erosión grave, con un costo de sustitución de nutrientes de por lo menos de 250.000 millones de dólares por año.
El preocupante número de habitantes del planeta y el incremento de la demanda alimentaria, provocaron el efecto invernadero, ya sea por la liberación a la atmósfera de dióxido de carbono (quema de combustibles fósiles e incineración de bosques) y metano (arrozales y flatos de la ganadería).
Todo ello incrementa el calentamiento global y su incidencia negativa en los ecosistemas.
Queda demostrado que estamos frente a un cóctel explosivo, cuya receta incluye: fuerte crecimiento poblacional, injusta distribución de la riqueza, necesidades alimentarias, ampliación de las fronteras agrícolas, pronunciada pérdida de fertilidad y erosión de suelos. Al igual que cualquier otro cóctel, sino tomamos conciencia sobre las consecuencias adversas del mismo y lo seguimos potenciando, nos dará más que un fuerte dolor de cabeza, que al salir de la resaca nos mostrará un planeta inviable para la vida, salvo para unos pocos.
 
Por eso y más allá de las creencias, filosofías y pasiones, es necesario que el mundo de cara a las generaciones futuras debata seriamente y con altura, todas las variantes posibles que rompan con este círculo vicioso, sin descartar a priori alternativa alguna, llámense planificación familiar, procreación responsable, consumismo irracional, solidaridad internacional, deudas externas injustas o control de la natalidad.
Únicamente así, podremos con honestidad, madurez y justicia encontrar una salida a esta crisis que día a día se profundiza y pone en serio riesgo el futuro de todos.
Ref:     1.- Gore, Al, La Tierra en Juego, pag. 62, EMECE, 1993.
2.- Silvia Jubany de Stangaferro, Revista Tiempo Empresario, Junio de 1993, Rosario.
3.- Diario El Litoral, Medio Ambiente, La desertización avanza, 14 de Agosto de 1999, Santa Fe.

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