Doñana: superviviente a epizootías, desastres y un maremoto

Doñana: superviviente a epizootías, desastres y un maremoto

Un desastre sin precedentes tuvo lugar en el año 98, cuando un gran río de lodos y aguas contaminadas procedentes de las minas de Aznalcóllar se encaminó Guadiamar abajo hacia el Parque Nacional. Todas las alarmas medioambientales se dispararon y las administraciones, presidida una por el PSOE y la otra por el PP, tuvieron que dejar a un lado diferencias y ponerse a trabajar para evitar el gran desastre. Tras una lluvia salvadora de millones (se estima que se invirtieron alrededor de 250 millones de euros), parece que el peligro ha pasado, sin embargo diversos investigadores y colectivos conservacionistas mantiene que las consecuencias sólo se podrán valorar a largo plazo.


Mientras que la empresa responsable de la explotación, Boliden, logró librarse en los tribunales de justicia de las responsabilidades económicas, en Aznalcóllar siguen almacenadas toneladas de lodos. Así Juan Romero, miembro de Ecologistas en Acción, comenta sobre esta cuestión que si bien los lodos se retiraron la balsa sellada que todavía existe en Aznalcóllar “está en contacto con el suelo y si existe contacto existen filtraciones que llegan hasta el acuífero Aluvial del Guadiamar”.


Se puede decir que el final de siglo ha sido una de las etapas más negras que ha sufrido la comarca tanto por las amenazas que ha introducido el hombre como por los agentes naturales que han actuado en el entorno del parque. Así un año especialmente negro fue 1982 cuando una epidemia de botulismo dejó un mar de muerte en el Parque Nacional. Se calcula que por esta causa murieron alrededor de 60.000 anátidas. No llegó a dejarse claro el origen de esta epidemia. Se barajó que la causa hubiera sido el uso de algún producto químico en la agricultura del entorno que hubiera llegado a contaminar las aguas.


Ocho años más tarde llegó la peste equina, que dio lugar a estrictos controles en el movimiento de animales hasta el punto que fue la primera vez que se celebró la romería del Rocío sin caballos. Esta situación encontró detractores y adeptos como en casi todas las situaciones particulares que se suceden en la vida. En la comarca la peste equina se vivió con gran temor por la importante economía ganadera que existe, sobre todo, en las localidades de Almonte e Hinojos.


Las epizootías no terminaron ahí, la siguiente tuvo lugar unos años más tarde y fue de tuberculosis. También esta enfermedad desató todas las alarmas pues se calcula que murió un 10% de la población de gamos, ciervos y vacas del Parque Nacional. La enfermedad se detectó por la aparición de un lince, animal que difícilmente se deja ver, en muy mal estado. Los análisis delataron la epidemia. Lo difícil fue controlarla ya que apareció en años muy secos y los animales compartían cualquiera de las pocas zonas de agua que quedaron en el interior del Parque Nacional. La muerte masiva de animales llevó a la Junta de Andalucía a instalar un horno crematorio para hacer desaparecer sin riesgos los cadáveres que iban apareciendo.


Pero los riesgos sobre este territorio se remontan a varios siglos atrás. Tenemos que ir hasta 1755 para darnos cuenta de que los terribles maremotos que se suceden ahora en Asia también hicieron su aparición por esta zona. Según el historiador local del Centro de Estudios Rocieros de Almonte, Domingo Muñoz, fue en ese año cuando tras el terremoto de Lisboa se dejó sentir en la costa onubense un ‘ tsunami ‘ que inundó completamente las marismas causando graves daños a la original ermita. Esto ocasionó que la Virgen fuera trasladada hasta el pueblo de Almonte donde permaneció hasta el año 1758, cuando pudo repararse el edificio. Pero este maremoto no sólo causó destrozos en la aldea almonteña, también se cree que llegó a arrasar el poblado forestal que se encontraba en la Torre del Loro, la antigua almadraba de Carboneras y causó además destrozos importantes en el Palacio de Doñana, en el corazón del actual Parque Nacional. No obstante, existen pocos datos sobre este suceso y los que se conocen están dispersos.


Una de las primeras epidemias documentadas que impidieron la celebración de la Romería del Rocío fue la de la peste bubónica que se detectó en el año 1885. Esta enfermedad produjo bajas considerables entre la población de la comarca y evidentemente se optó por evitar las grandes aglomeraciones de gente para evitar la propagación de la enfermedad. El enfrentamiento nacional que dio lugar a la Guerra Civil. Las epidemias han vuelto a hacer su aparición recientemente en el entorno con la ‘ lengua azul ‘ que afecta a ovinos, bobinos y caprinos. El primer brote que se detectó en la provincia de Huelva se localizó en una explotación ganadera en la aldea de El Rocío durante el pasado otoño. Esto ha hecho que las prevenciones sanitarias estén por prohibir el movimiento del ganado de cara a la primavera, lo que puede dar lugar a otro peculiar Rocío, como el que se vivió en el año 90, pues no podrá haber bueyes durante la romería. Lo que ha abierto una complicada polémica entre la administración autónoma y las hermandades que pretenden mantener las tradiciones.


Aunque la balsa de lodos que salió de Aznalcóllar fue la catástrofe más importante que amenazó seriamente a Doñana, sin embargo para el ecologista Juan Romero una de las actuaciones que más ha perjudicado al mismo parque y su entorno fueron las transformaciones hídricas que se fueron ejecutando desde el segundo tercio del siglo pasado. Señala como un hecho determinante cuando en 1947 se canalizó el arroyo del Guadiamar, el principal aporte de agua dulce de Doñana, hacia el río Guadalquivir. Lo mismo hicieron con el brazo de La Torre y del Este hasta “hacer del Cuadalquivir un auténtico canal cuando originalmente era un río meandriforme”. Esta característica hacía que se produjeran grandes crecidas en sus 150.000 hectáreas de marismas, que ahora se han quedado reducidas a tan sólo 30.000.


La reducción de los aportes de agua de Doñana siguió en la década de los años 70 cuando se ideo el Plan Almonte Marismas, que abría las posibilidades a la agricultura intensiva en el entorno del Parque Nacional. Las organizaciones conservacionistas mantienen que este plan, aún habiendo quedado reducido a una cuarta parte de lo que se pretendía, fue la actuación que “más ha transformado la marisma”, apostilló Juan Romero.

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